Buenos tiempos para la horticultura de afición

La horticultura de afición es una práctica muy antigua, que puede remontarse en el tiempo junto con la jardinería, ambas frecuentemente coexistentes. Los clásicos griegos y latinos la postulaban y algunos de ellos la ejercían. Su práctica se ha mantenido a lo largo de los siglos con desigual intensidad y valoración por parte de la sociedad.

En el siglo XX esta modalidad agrícola experimentó una creciente aceptación, con periodos coyunturales de mayor consolidación como sucedió durante las crisis alimentarias postbélicas, cuando la necesidad jugó su papel. A los aficionados a esta práctica no dejan de sorprendernos algunos de aquellos sencillos manuales de horticultura, curiosos libritos, que se editaban en nuestro país en los años cuarenta.

Durante el último cuarto de la pasada centuria su expansión se consolidó en relación con el proceso de urbanización de la sociedad, de desvinculación del campo de buena parte de la población. En el contexto de la contraria valoración creciente del medio ambiente, de lo natural, de lo rural, del retorno al campo, etc., difundido desde los países centroeuropeos y anglosajones y que más tardíamente alcanza nuestras tierras, se extiende la agricultura de afición. Poco a poco se difunde la producción de alimentos de calidad sin fines económicos para autoconsumo mediante el cultivo con nuestras propias manos.

En el tránsito hacia el siglo XX, la presencia de la horticultura de afición se consolida en nuestras tierras y lo hace a una velocidad insospechada. Como suelo evocar en charlas y conferencias, quienes éramos adolescentes o muy jóvenes en los años ochenta y cultivábamos un huerto por propia iniciativa y no por imposición, y además ecológico, éramos “gente rara”, mientras que ahora sin embargo resulta que estamos de moda. Algunos pensábamos que posiblemente llegaría un día en que sería una práctica mejor considerada e incluso una forma de encuentro e intercambio, más allá del aislamiento de entonces. La realidad actual supera a la ficción. Cada vez más gente, de cualquier edad y condición, cultiva su huerto. En ese contexto surgen iniciativas de todo tipo: conjuntos de huertos urbanos o no de alquiler; agrupaciones de huertos en huertas tradicionales o en “barbechos urbanos”; cultivos en terrazas y jardines; cursos de horticultura ecológica; intercambios de semillas y planteles; difusión de variedades tradicionales; actividades formativas sobre conservación y transformación de los productos obtenidos, etc. Quien consulta Alter 21 comprueba la abundancia y diversidad de iniciativas y actividades que se llevan a cabo actualmente.

Recientemente, en una charla que como colaboración con la Fundación José Navarro para el Fomento de la Alimentación Inteligente di en el salón de actos de la Asociación de Prejubilados, Jubilados y Pensionistas del banco BSCH, en el marco de su semana cultural, aludí a las distintas tipologías de huertos de afición en relación con sus promotores y ámbitos de desarrollo. En dicha charla, con el título Huertos familiares: alimentación, entretenimiento, nuevas formas de vida y consumo inteligente, expuse la existencia de modelos muy diversos y sus características. Es el caso de los huertos sociales para colectivos desfavorecidos; de los impulsados desde la administración para vecinos en general; de los promovidos por y para agrupaciones de vecinos o amigos; de los de alquiler de parcelas ofertadas por particulares en sus fincas; de los de propiedad del cultivador, arrendados o cedidos directamente al mismo; de los cultivados en balcones o terrazas propias o ahora también de alquiler, etc. Muchas de estas iniciativas presentan el valor añadido de repercutir en actuaciones de preservación del paisaje agrícola tradicional, en la recuperación de espacios en proceso de degradación, en la inserción o dinamización social, en la reivindicación de nuevos modelos urbanos, etc. Precisamente la reivindicación, a través de acciones diversas, se consolida como una vía de interés para alcanzar objetivos en esa línea. En un futuro artículo aludiremos a la incidencia de algunas de las iniciativas en el fomento de la vinculación entre ciudad y campo, especialmente entre Valencia y su huerta, aunque resulte tardía tanto por la mayoritaria desaparición de esta última como por los años transcurridos desde que se comenzó a plantear.

Puesto que suponía que el público al que iba dirigida la charla eran residentes en Valencia, o en sus alrededores, puede referirme a algunas de entre las cada vez más numerosas experiencias de huertos urbanos e incluso en terrazas de esta ciudad y su entorno próximo. Hoy en día, cada vez con más facilidad, la mayoría de las personas que deseen practicar la horticultura pueden acceder a una parcela. Se da la paradoja de que mientras anteriormente debíamos buscar experiencias, iniciativas que poder mostrar, ahora por el contrario en una ocasión como ésta el problema es escoger entre las existentes.

En dicha charla expuse algunos de los motivos que pueden justificar la práctica del cultivo del huerto como actividad lúdica. Aludí en primer lugar a los beneficios directos para el cultivador y las personas de su entorno, como son la obtención de alimentos frescos de calidad que además incentiva su consumo; la realización de ejercicio físico; el fomento de estados positivos de ánimo y autosatisfacción; el desarrollo del contacto con la naturaleza o la posibilidad de desarrollar una vida social en torno a esta afición. A continuación plantee las, a mi juicio, repercusiones indirectas positivas para el entorno como la contribución al sostenimiento del territorio; la aportación al mantenimiento del medio ambiente mediante la emisión de oxígeno y la absorción de CO2 de los cultivos; la contribución a la preservación de la biodiversidad e incluso a la de la soberanía alimentaria.

Poder acceder a una parcela accesible, dotada de riego y dónde reutilizar los restos de cultivo, como ya he expuesto es algo cada vez más factible para cualquiera; disponer de las sencillas herramientas básicas; de un mínimo de tiempo libre y de unos conocimientos básicos a los que va resultando sencillo acceder por distintas vías, además de la necesaria ilusión y constancia, son las claves para aventurarse. Si te lo estás planteando no dudes en dar el paso, ¡anímate puesto que hay todo un mundo por descubrir!.