La sierra de Caudiel

A poniente del término de Caudiel, en el interior de la comarca del Alto Palancia, se encuentra la sierra de Caudiel, la Sierra como se le conoce localmente. Se extiende de sur a norte, desde el valle del Palancia hacia la sierra de Espadán, dispuesta como un apéndice o contrafuerte de la misma, y constituye una barrera orográfica que cierra por poniente la hondonada donde se halla el pueblo de Caudiel. Se trata del accidente geográfico previo, depresión en medio, a la sierra de Cerdaña y a sierra Espina, ambas escalón montañoso y antesala del altiplano interior de la comarca. Este último altiplano aunque ligado al corredor del Mijares de Teruel forma parte del Alto Palancia y en él se hallan los municipios comarcales de El Toro, Barracas y Pina de Montalgrao.

La sierra de Caudiel es un paraje de interés por su valor ambiental, un valioso reducto natural sometido en los últimos tiempos a una escasa presión antrópica entre otras razones por la compleja accesibilidad a sus alturas. Pero en paralelo a ese valor ambiental merece destacar también el etnológico en tanto que espacio que estuvo parcialmente habitado e intensamente explotado, de cuyo modelo de hábitat y de gestión subsisten abundantes restos como testimonio de otras épocas. El paisaje resultante ofrece por lo tanto interesantes rasgos combinados, un conjunto de interés en si mismo y al tiempo representativo de otras zonas de nuestra montaña mediterránea. Por si todo ello no fuera suficiente, la sierra constituye un magnífico mirador que ofrece espléndidas panorámicas, al menos en los días diáfanos, de una extensa área circundante rica en matices y con algunos elementos dignos de mención.

La Sierra es un macizo montañoso calizo, formado principalmente por materiales del Jurásico, de morfología alomada en buena parte, con una extensa cima de escasa pendiente, aunque con frentes abruptos que en una parte de su perímetro que incluye grandes escarpes de falla como al noroeste. Hacia el sur destaca el Alto de las Palomas (1.156 m.), vértice geodésico, referente de la Sierra.

Un conjunto de barrancos y vaguadas descienden desde las cumbres en todas las direcciones, originando en ocasiones pequeños vallejos, estos de escasa entidad salvo en el tramo inferior de la falda de la montaña. Es el caso al este de los barrancos de la Alcabaira i de la fuente de la Higuera, dos de las principales vías de acceso tradicional a los altos. En ese sentido merece destacan los extensos piedemontes que circundan una parte de la sierra y que alcanzan su máximo exponente en las laderas orientales. Como en muchos otros macizos montañosos de nuestras tierras estas extensas acumulaciones de sedimentos aptas para agricultura son el resultado de la deposición de materiales procedentes de las cumbres, estas últimas a su vez privadas de suelo.

Por el este la Sierra desciende hacia la periferia de la extensa cuenca de Jérica-Viver, en el curso medio del valle del Palancia. En esa dirección la Sierra da paso al piedemonte, por donde ascienden las plantaciones de almendros, el cultivo predominante en el área en las últimas décadas. A continuación se extienden las fértiles tierras bajas de la hondonada, acumulación de sedimentos cuaternarios. Allí destacan las que sirven de asiento a la huerta de Caudiel y Benafer, con el primero de dichos pueblos en un suave altozano allá abajo, un área de regadío prolongada por Jérica y Viver. Estos regadíos muestran sus límites tradicionales puesto que en la zona el riego no se ha expandido, sin que se observen más que puntuales modernas transformaciones. Más allá de dicha cuenca y tras los montes que la separan se halla la de Segorbe, a menor altitud, y un relieve complejo en continuado descenso el valle del Palancia se extiende hasta el Mediterráneo, cuyas aguas se vislumbran en el horizonte. El amplio valle a su vez muestra su progresiva elevación hacia el sur, hacia la sierra de Portaceli o Calderona, más bien la prolongada alineación montañosa de la que ésta forma parte integrante, y en dirección al norte hacia la sierra de Espadán, el otro gran accidente geográfico que cierra la comarca. Ambas sierras aunque con características diferenciadas comparten su descenso hacia el mar. Tras el incendio del pasado verano la primera de ellas, en su sector de la sierra de Andilla, aún muestra la devastación en los montes de Begís, Teresa, Sacañet y Alcublas. Allá abajo en el valle se divisan diversos pueblos y tierras de cultivo entre montes así como tramos de los trazados de las vías de comunicación que desde la costa ascienden hacia el interior peninsular: el ferrocarril y la autovía A-23. Merece destacar la cicatriz ocasionada por la construcción de la citada autovía y algunas de sus infraestructuras.

Al norte, la sierra de Caudiel enlaza, aunque sin solución de continuidad, con el núcleo de la alineación montañosa de la sierra de Espadán, concretamente con el sector del Pinar, en los términos de Montán, Higueras y Pavías, donde aquella alcanza los 1.101 metros de altitud en El Pinar. En esa dirección, más allá de la barrera que representa esas sierras y de la fosa del valle del Mijares, se divisa la inconfundible figura del Penyagolosa, sobresaliente del macizo montañoso que desde la extensa y potente sierra de Gúdar, también visible al noroeste, desciende hacia el litoral, aceleradamente al este del pico. La sierra de Caudiel muestra en esa dirección sus perfiles más duros, al norte en el descenso brusco hacia el valle del Mijares y al noroeste más aún en un sector fallado que se precipita al valle de su afluente el río Montán. Aquí se hallan las caprichosas formas rocosas de las Canteras del Gullizno, o gollizno, que además albergan una interesante vegetación que ha merecido la protección de parte del paraje como microrreserva de flora con esa denominación.

Por poniente, en primer término, la Sierra da paso a sendos valles enlazados por un collado cuyos cursos de drenaje se dirigen hacia el río Mijares al norte y al Palancia al sur. El collado de Arenillas, a un millar de metros de altitud, delante y el más relevante, pero también otro par de colladillos y varios cerros más, marcan la divisoria de aguas entre ambas cuencas fluviales. Los barrancos que drenan este sector de montes y hondonadas situadas allí abajo se dirigen hacia el norte, son la cabecera del río Montán, afluente del Mijares, o hacia el sur como integrantes de la aún más compleja red que desciende hacia el Palancia. El primer sector corresponde a un afloramiento del Triásico Keuper y por ello muestra un relieve erosionado y en superficie las cicatrices de la erosión sobre los frágiles materiales geológicos. En esta área el monte, en continua expansión, en su mayor parte espontáneo, se expande y recupera tras el devastador incendio que asoló la sierra en 1994, engulle los viejos bancales de cultivo que antaño alcanzaban las cimas.

Más allá en dirección oeste aunque muy próxima una sierra más elevada cierra el horizonte, la sierra de Cerdaña, entre la Val de Hurón al sur, y el barranco de la Mina al norte, un macizo calizo fácilmente identificable por los escarpes rocosos que forman su ladera oriental, reveladores de un complejo proceso geológico. Además en los últimos tiempos esta sierra que marca una parte de la divisoria con el altiplano interior del Alto Palancia se identifica por la alineación de aerogeneradores que coronan su cima, una instalación impactante que la oposición de una parte de la sociedad local no pudo evitar.

En dirección noroeste resalta la elevada mole del monte Pina o santa Bárbara de Pina, referente de un extenso territorio no solo valenciano sino del vecino Aragón. Su altura (1.405 metros) y elevación sobre el territorio circundante, su morfología triangular, la densa masa forestal de pino rodeno que lo recubre, así como la antena de telecomunicaciones de su cima lo hacen fácilmente identificable. Es el eje de Sierra Espina, un área montañosa de compleja configuración y atractivas formas, de escarpadas laderas y profundos barrancos, de reconocido valor ambiental. Desde el punto de vista geológico el roquedo del Trias Buntsandstein del santa Bárbara y Sierra Espina ofrece una morfología y una tonalidad, la del rodeno, que contrasta con el gris blanquecino y las formas de la sierra de Cerdaña. En dirección a ambas sierras, en ese terreno escarpado surcado de barrancos, se asentaron un grupo de masías allá donde la disponibilidad de tierra de cultivo lo permitió, masías pobres, entre ellas el Mas de Bravo, el del Baile, el de la Hoya, etc. Entre estas se halla el Mas de Noguera, antigua masía y conocido centro de educación ambiental y de difusión de la agricultura ecológica que ahora cumple treinta años.

Por último, al sur la panorámica es amplia, una extensa área del valle del Palancia cerrado al sur por la prolongación de la citada serra de Portaceli, ahora ya como de la Cueva Santa, con la máxima elevación del sector el Montemayor (1.015 m); de Andilla, del Toro, con la Peña Salada (1.586 m) en los límites con Aragón y más allá en este último el Javalambre, que alcanza los 2.020 metros de altitud. En primer término el terreno desciende hacia el río Palancia, entre cerros, lomas y barrancos, con antiguas labores y pastos sobre los que avanza el monte. Aquí y allá manchas de cultivo, básicamente almendros y más abajo olivos, tras la desaparición del antaño abundante cereal y viñedo, bosquetes de pinos y bien delimitados pinares de repoblación. Estos pinares repoblados forman retazos del paisaje, lo salpican aquí y allá. Se ve o se intuye las vegas de Jérica y de Viver, las fértiles huertas y hacia el suroeste el altiplano al pie del Ragudo, ocupado por la mayor mancha de plantaciones de almendros del área y salpicado de masías. Este enclave agrario se halla en la falda de la serrezuela del Ragudo, escalón montañoso jurásico que da paso al páramo, al altiplano El Toro-Barracas, en cuya cima se alinean numerosos aerogeneradores, que tras la interrupción de la Val de Hurón tienen continuidad al norte con los ya referidos de la sierra de Cerdaña. En esa dirección no sólo se observa las ya citadas infraestructuras de comunicación, autovía y tendido ferroviario, sino la más reciente, en ejecución, del aeródromo que se construye en el término de Viver.

Situada entre áreas de tránsito, especialmente litoral-interior peninsular, entre las que destaca al sur el eje del histórico Camino Real de Aragón, de su nuevo trazado de los siglos XVIII y XIX, de la carretera N-234 y actual autovía A-23, además de los dos tendidos del ferrocarril, el minero de Ojos Negros a Sagunto y el de la línea de Zaragoza, inaugurados entre 1898 y 1910. El eje Palancia-Mijares por el Collado de Arenillas es uno de los tres principales y complejos pasos de la sierra de Espadán y su prolongación, el más accesible desde la costa y el límite con Aragón. Por aquí discurre la CV-195 de la autovía a Zucaina, en la comarca del Alto Mijares y al norte de este río. A más distancia bordea la sierra por el sur la carretera Caudiel-Higueras-Pavías, la CV-203, y una pista enlaza ésta desde Higueras con Montán por el norte. La sierra ha sido y es una barrera al tránsito, útil tan solo para quienes querían desplazarse fuera de las vías más frecuentadas, como sucedió durante la posguerra cuando muchos estraperlistas la emplearon huyendo de los principales caminos y carreteras. Históricamente hubo tránsito de este a oeste y viceversa por la sierra, como atajo entre lugares próximos, algo entre destinos más alejados como quienes utilizaban el camino de Caudiel a Cirat que la bordea, aunque en general era muy escaso y de ámbito local, de ganaderos, masoveros o vecinos de los pueblos y masías de los alrededores. La Sierra fue más bien lugar de destino que no de paso.

Únicamente la presión demográfica y con ella económica de antaño, la disponibilidad de recursos serranos, justificó que la Sierra fuera visitada, recorrida y explotada y que además hubiera residentes temporales en ella e incluso permanentes en algunas, escasas, masías. Como en otras sierras similares de nuestra área el acelerado crecimiento de población y actividad agrícola del siglo XVIII, sostenido con mayor o menor intensidad durante el XIX y primeras décadas del XX, impulsó una mayor una explotación de la sierra y con ella una notable alteración del paisaje. Fruto de ello fue un paisaje agrario, que todo y ser progresivamente cubierto por el monte que recupera su terreno perdido mantiene muchos detalles e influye en la configuración actual.

La sierra de Caudiel fue a excepción de algunos enclaves un espacio de aprovechamiento forestal y ganadero durante siglos. La diversidad de recursos forestales ofrecía muchas posibilidades a los vecinos de las tierras bajas circundantes. Era frecuentada y recorrida por madereros pero sobretodo por leñeros y carboneros profesionales, semiprofesionales o como era tan habitual en la sociedad tradicional por personas que compaginaban estas actividades con otras como sobretodo las agrarias. También la recorrían ganaderos y apicultores, procedentes de los pueblos vecinos pero también de otros alejados, herbajantes, que acudían con sus rebaños de ovejas y cabras a invernar. De este modo se consolidó algunas vías de ascenso a las cimas, sendas, que a base de transitarlas se mejoraron. Algunos de estos itinerarios no solo aprovechaban lugares de tránsito más fácil sino la presencia de fuentes, de puntos de aguada para personas, caballerías y ganado, algo importante dado que en los altos el agua escasea. El conocido como camino de la Sierra aún muestra su espectacular trazado zigzagueante para adaptarse a la pronunciada pendiente y sus infraestructuras como el empedrado. Junto a los principales lugares de acceso y puntos de aguada, como en los barrancos de la Alcabaira y de la fuente de la Higuera desde el este, en las inmediaciones de su fuente, se construyó varios corrales, consolidando su carácter de entrada a la Sierra, que aún ofrecen interesantes muestras de arquitectura popular.

Con el tiempo la expansión de las tierras de labor, agrícolas, alcanzó la falda de la Sierra y algunos de los vallejos u hoyas de sus laderas, donde se disponía de tierra más apta para el cultivo en parajes resguardados e incluso de agua al menos para cubrir las necesidades de personas y caballerías. A partir del XVIII este proceso se aceleró a medida que la demanda de tierra era insuficiente en los lugares más aptos, iniciándose la colonización, la roturación, allá donde fue posible. Desde los vallejos la roturación de tierras de labor prosiguió por las mejores hoyas de las alturas para proseguir por las laderas más ventajosas y ante la escasez alcanzó pedregosos parajes de pendiente pronunciada. Aún hoy sorprende como con los medios disponibles fue posible descuajar las carrascas, transportar la piedra y la tierra, levantar las hormas y otras construcciones de esos bancales que escalonan las pedregosas laderas. Llama la atención como pese a roturar lugares tan inadecuados, tan poco productivos, se realizó tan ingente trabajo. Para quienes recorremos nuestras montañas la Sierra es uno de los máximos exponentes de tan ardua tarea en relación con la pobreza del terreno.

Los bancales ocupan laderas inhóspitas, sostienen franjas de cultivo estrechas y pedregosas, levantados en muchos casos donde prácticamente no había tierra. Únicamente hacia el norte en algunos enclaves como hondonadas, hoyas, o cañadas de las cabeceras de los barrancos, las parcelas podían tener mayor extensión en terrenos más suaves. En estos enclaves de antiguo cultivo cerealista, ahora calveros en el monte, se adivina los que fueron últimos espacios de cultivo en los altos.

El cultivo de estas áreas aisladas y el pastoreo de los montes impulsó la construcción tanto de pequeñas casetas temporeras como de sencillos corrales. También fue el caso de las chozas de los carboneros, de las cuales así como de algunas de las eras donde se carboneaba se observa los restos. La presencia de estos últimos y sus estructuras se vincula al predominio del carrascal como formación vegetal del área, perfecto para la obtención de carbón de calidad.

Donde la disponibilidad de tierra lo permitió se edificó masías donde residía población permanentemente en el centro de las fincas que gestionaban, un par de masías hacia el corazón de la Sierra y el resto al norte o en las laderas occidentales, en general de escasos recursos. Entre las primeras se hallaban las masías del Calvo y de San Juan, ésta última próxima al Alto de la Sierra. Otras se hallaban en la periferia como las de la Dehesa, el Plano, el Retor, Bagán, etc., al norte en el tránsito hacia la sierra de Espadán, o en las laderas occidentales como las de la Ventisca, del Gilo, de Barrachina o del Gullirno.

La necesidad de agua de los pastores, agricultores, carboneros, colmeneros, leñeros, etc., que recorrían estos altos y habitaban en ocasiones no sólo días sino temporadas más o menos prolongadas, obligó a habilitar estructuras de captación y almacenaje de agua. La escasez por la falta de fuentes se afrontó mediante la construcción de pequeños aljibes, edificaciones de piedra en seco y a lo sumo mortero, de diversas formas y dimensiones. Algunas de estas construcciones son visibles en la zona.

El abandono agrario y forestal, mayoritario por la escasa aptitud del terreno y la mala accesibilidad, condujo a la degradación cuando no a la ruina de las construcciones. La expansión del monte, básicamente del carrascal y el matorral, ha contribuido a ocultarlas, en ocasiones dificultando su localización. Al recorrer la cima de la Sierra puede observarse no solo los semidesdibujados bancales sino las ruinosas casetas, corrales y chozos, mientras subsisten en aceptable estado varios aljibes.

El devastador incendio de 1994, año como el presente de grandes incendios que asolaron nuestras tierras, afectó a la Sierra y a sus masías, entre ellas la última que permanecía habitada y que como consecuencia del impacto del fuego fue abandonada provocando la despoblación del área. Además el incendio devastó la vegetación, que desde entonces ha experimentado una regeneración espontánea, con un denso pinar y matorral en las laderas, así como carrascal y coscojar en los altos. Actualmente el carrascal, donde en algunos parajes puede apreciarse junto a las carrascas de mediano porte ejemplares de arce o acebo, forma una extensa mancha. Destaca asimismo el coscojar resultante de la degradación del carrascal y de la pobreza del suelo así como aliagares asociados a las antiguas tierras de cultivo abandonadas.

El acceso a la Sierra de Caudiel es por la autovía A-23 y desde ésta a la altura de Jérica por la CV-195 en dirección a Caudiel. Desde este último pueblo por el este y aunque más alejada de la base puede emplearse la CV-203 en dirección a Higueras. Para llegar a la Sierra desde Caudiel hay caminos de aproximación para vehículos aunque para alcanzar los altos existe un sendero de pequeño recorrido, el PR-CV-63.5. Este sendero ofrece la posibilidad de alcanzar los altos en una interesante excursión.

El visitante dispone de todos los servicios básicos, incluido alojamiento en casa rural y comidas, en Caudiel, completados por los de otros pueblos vecinos.