Los Ruíces. Por tierra de viñedos. (Requena)

Al oeste del término municipal de Requena, muy próximo al de Venta del Moro, en la comarca del altiplano de Requena-Utiel, se halla Los Ruices, una de las numerosas aldeas dispersas por este territorio. Los Ruices es uno de los asentamientos situados en el área circundante del Llano de Campo Arcís, un territorio caracterizado por su vocación agrícola y por los relativamente numerosos de población existentes. Los Ruices es, exceptuada Casas de Cuadra que actualmente está deshabitada, la menor de las aldeas de esta área, semejante a las cercanas Los Duques o Casas de Eufemia, donde Campo Arcís es la mayor de todas.

El Llano de Campo Arcís es en realidad una extensa hondonada, delimitada por una serie de montes o serrezuelas que la circundan, en suave descenso hacia el sur, aunque el predominio del espacio agrícola y su menor desnivel en relación con otras áreas comarcales puede justificar esta denominación tradicional. Los Ruices, que constituye un asentamiento representativo de estas aldeas y de su paisaje predominante, se halla en el extenso paraje de la Casa de Lázaro, al oeste de Campo Arcís así como al norte y este del sector de la Albosa.

La aldea se halla a unos 650 metros de altitud sobre dos suaves lomas de una ladera, en la vertiente meridional de la Ceja, la serrezuela que separa el Llano de Campo Arcís de la vega del Magro, la fértil área más al norte donde entre otros núcleos se halla Requena y Utiel. Desde Los Ruices se divisa el conjunto de montes que delimitan el llano así como la extensa mancha cultivada. En esta última es posible distinguir la mayoría de los asentamientos citados anteriormente y diversas construcciones aisladas a la vista.

Al norte se extiende la Ceja, la serrezuela formada por retazos del Terciario, cerros testigo del Vindeboniense, con antiguos sedimentos de ese periodo, coronados por materiales de conglomerados cementados y areniscas. Constituyen, a semejanza de los otros accidentes orográficos del área, los restos del nivel de base anterior desmontado por la erosión. En la Ceja se alcanza los 750 metros de altitud, en la Peladilla, una elevación situada al noreste de Los Ruices. Unos cerrillos por los que discurre la cercana divisoria con el término de Venta del Moro enlazan dicha serrezuela con la de La Muela, al sur, que alcanza los 741 metros en la Muela de los Antones, un vértice geodésico situado en aquel término aunque en el límite con el de Requena.

En el otro extremo destaca la alineación formada por La Serratilla, la más próxima, que alcanza los 783 metros, con Los Alcores más hacia el sur, que tiene su máxima altitud en el Cerro Magallón, a 724 metros de altitud. Más allá de estos en la lejanía es posible distinguir al sur la Muela de Cortes o el Mugrón de Almansa, en el valle de Ayora-Cofrentes o hacia el este la sierra de Dos Aguas.

El núcleo de la hondonada del Llano de Campo Arcís se halla entre los 580 y los 600 metros de altitud por lo que los montes citados anteriormente la delimitan pese a su escasa diferencia actitudinal. Cubiertos de bosque, básicamente pinar, y de matorral, estas áreas arboladas contrastan con la extensa mancha de cultivo únicamente alterada por bosquetes o construcciones aisladas o por el curso de los barrancos que la atraviesan. Antaño la carrasca, también representada, ocupó mayor extensión, como se constata en la documentación histórica o en topónimos como El Carrascalejo, en las inmediaciones de Los Ruices por poniente.

El llano está surcado por una densa red de cauces de morfología dendrítica, un amplio conjunto de barrancos que descienden de norte a sur, la mayoría con su cabecera en la vertiente meridional de La Ceja. Entre ellos al este destaca la rambla de los Morenos, junto a Campo Arcís, y al oeste, incluida el área de Los Ruices, la de Alcantarilla. Esta última abandona la hondonada por las conocidas como boqueras, para al este de la aldea de Los Sardineros confluir con la de los Morenos y con la aún más importante de la Albosa para transformarse en un único cauce, la rambla de Caballero. Esta rambla atraviesa la abrupta área de las caídas del río para alcanzar el Cabriel, el gran afluente del Júcar.

Barrancos y ramblas son parte esencial del paisaje, elementos determinantes a todos los niveles, unos cauces que a su vez reciben los aportes de otros barrancos, vaguadas y cañadas y que en muchos tramos se caracterizan por su encajonamiento en los sedimentos. Excepto en algunos tramos la vegetación rupícola es escasa, lo que contribuye a disimular su curso mientras puede observarse tramos muy afectados por la erosión debido a la fragilidad de los materiales que surcan. Muy cerca de la aldea, al noroeste, la propia rambla de Los Ruices muestra un tramo de bad-lands o tierras malas, de terreros resultantes de estos procesos. En el área de Los Ruices entre otros cursos destaca el barranco homónimo, que bordea la aldea por el noreste.

Las mayoritarias tierras de cultivo, donde el monte es minoritario, se extienden por un territorio en ligero descenso, suaves laderas, cañadas y hondonadas de terreno arcilloso. El aterrazamiento de las fincas, en bancales de escaso desnivel y predominantes parcelas de relativa extensión, junto con el continuado laboreo de las tierras, ha contribuido a crear fincas aptas para el cultivo. A esta aptitud ha contribuido el predominio de parcelas de morfología regular y en ocasiones los procesos de unificación de fincas de las últimas décadas. En hondonadas, cañadas y hoyas alcanzan su mayor fertilidad los fértiles depósitos del Cuaternario, en parajes como El Llano, Cañada de Los Ruices, Cañada de Caracol, etc.

Los Ruices se asienta en la falda de La Ceja, situada entre campos cultivados, aunque a escasa distancia de los primeros cerros. Éstos muestran su cobertera de pinar con un sotobosque poco denso adaptado a las características de este terreno de areniscas y conglomerados. Pinares y cultivos contrastan y en su contraste contribuyen a enriquecer el paisaje en el que resalta las formas vinculadas a la erosión sobre terrenos frágiles, los bad-lands o tierras malas, conocidos localmente como terreros. La cercanía de los citados cerros ofrece miradores sobre una extensa área del entorno. Al noreste de la aldea la bordea la rambla de Los Ruices, que como otros cursos del área ofrece su cauce encajonado, con taludes de varios metros de altura que muestran la potente capa de sedimentos arcillosos del área, base de la agricultura local. En paralelo los barrancos y vaguadas que descienden de norte a sur contribuyen a conformar ese paisaje de lomas y cañadas.

Hacia el suroeste, la rambla de los Ruices atraviesa un afloramiento de yesos, materiales que exhuma a su paso, próximo aunque no visible desde la aldea. Este yeso ha sido objeto de tradicional explotación como muestra el conjunto de canteras y hornos existentes en este paraje denominado por este motivo Los Yesares. Su producción se manipuló y transformó en instalaciones como el Molino del Risco y la Casa del Cabildo, donde también se extrajo mineral de hierro. Antaño estas actividades mineras y transformadoras a pequeña escala fueron fuente de ocupación local. Desaparecidas estas actividades merece destacar en relación con la extracción y por su notorio impacto paisajístico la moderna cantera de extracción de áridos situada en la partida del Llano, al este y próxima a Los Ruices.

El clima local pese a no presentar los rigores de algunas otras zonas de la comarca condiciona la actividad agrícola por los fríos inviernos y la irregularidad de las precipitaciones. Las frecuentes inversiones térmicas en invierno, al tratarse de una cubeta, dificultan la presencia del olivo e incluso del almendro en las zonas bajas. Este último está presente como plantación aunque sobretodo en hileras en algunos campos o como ejemplares aislados en algunas parcelas altas. Por su parte el olivo salvo alguna pequeña plantación reciente ve limitada su presencia a ejemplares aislados. El cereal también está presente actualmente con carácter secundario, que difícilmente permite evocar su pasada preponderancia, cuando favorecido por la aptitud para su cultivo en estas tierras arcillosas alcanzó notable extensión. Más drástica ha sido la desaparición del azafrán, un cultivo que en el pasado aunque minoritario estuvo representado, hasta unas décadas atrás laboriosamente cultivado por familiar que conjugaban la abundancia de mano de obra con la pretensión de obtener unos ingresos elevados por superficie a costa de trabajo. Actualmente es el viñedo el que predomina, en esta área de antigua tradición vitícola, en el marco de la notable especialización vinícola de la zona, pese a los cambios de los últimos años. Las viñas son componente esencial del paisaje agrario, una imagen que únicamente alteran las ya referidas parcelas de cereal o de almendros. En la actualidad la mayoría de los viñedos se encuentran en cultivo si bien se observan algunas viñas aisladas abandonadas.

Pero la evolución del paisaje agrícola no se ha limitado a la variación en la presencia y distribución de los cultivos. A lo largo de los siglos XVIII, XIX i XX se roturó buena parte de las actuales tierras de cultivo del área, a costa de los anteriormente predominantes pastos y montes. En el altiplano, la comarca, hasta el siglo XVIII la economía comarcal combinaba los núcleos fabriles, con Requena a la cabeza, con la preponderante ganadería extensiva, el aprovechamiento del monte y en lo agrícola la cerealicultura. Ya el siglo XVIII se multiplicó la rotura de terrenos para fincas de labor. En el siglo XIX tras la quiebra fabril la reinversión en el campo, la liberalización de la propiedad, la penetración de inversores foráneos, la mejora de las comunicaciones que supuso la nueva carretera y sobretodo el ferrocarril, la pujante exportación de vino nacional desde mediados de la centuria, etc., provocó entre otras cosas cambios en la estructura de la propiedad, un incremento de las roturaciones y la difusión del viñedo comercial. En el siglo XX y a través de procesos de acceso a la propiedad de tierras por parte de antiguos colonos y pequeños agricultores, mediante adquisición o plantaciones a medias de viñedos, se produjo la disgregación de buena parte de la tradicional gran propiedad. Los coletazos de ese proceso, con sus variables según la época, se hicieron patentes hasta décadas atrás en algunos aspectos como las roturaciones y en otros hasta la actualidad como la creciente elaboración de vinos de calidad y su incidencia en la renovación del viñedo.

A escala local, la observación de mapas del área de Los Ruices de comienzos de la década de 1950 muestra como en una época relativamente tan reciente las labores no alcanzaban las laderas de La Ceja. Posteriormente las modernas roturaciones, incentivadas por la demanda de tierra, ascendieron por aquellas, unas transformaciones que fueron intensas entre esos años y la década de 1980.

Todas estas transformaciones en la estructura de la propiedad, en el uso de la tierra y en la intensidad del mismo, tuvieron su incidencia en el modelo de hábitat y en el volumen y distribución de la población. Las antiguas haciendas extensivas dieron paso a nuevas fincas pero también a pequeñas y medianas propiedades, con ellas el poblamiento escaso básicamente en viviendas aisladas a asentamientos donde se concentraban buena parte de los residentes. Desde el siglo XIX y hasta mediados del XX la población de la comarca y de la zona aumentó notablemente y se produjo el predominio de las aldeas sobre las viviendas aisladas, frecuentemente con el traslado de los residentes en disperso a aquellas. La mayoría de las aldeas multiplicaron su población en unas pocas décadas.

Cuando el 28 de mayo de 1860 el presbítero D. José Antonio Díaz de Martínez visitó Los Ruices aludió a la expansión que experimentaba el viñedo al describir: “El plantío de la vid va dominando la campiña y sus moradores comprendiendo la inmensa riqueza que les proporciona su cultivo. Son sus habitantes bien acomodados en general, no obstante dependen del colonato de las tierras”. “Cuéntase muy pocos jornaleros y éstos dedicados a trabajos agrónomos y a la explotación de los ricos depósitos de hierro que, en el sitio llamado Casa del Cabildo, beneficiaban los mismos

(FERMÍN PARDO y SALVADOR CEBOLLA pag. 53)

Según el citado presbítero en dicho año Los Ruices contaba con 20 vecinos, 65 almas. Por entonces dos tercios del terreno estaban labrados, ocupado por cereales, legumbres y azafrán, y el tercio restante por montes, ramblas y derrubios, mientras que en los carrascales se criaba ganado alimentado con las bellotas. Ese año aún no había ermita en Los Ruices y sus sesenta y cinco residentes junto con los de los lugares de Casas de Cuadra, Los Duques, Valderrama, Casas de Eufemia, La Cornudilla y el centenar que habitaba casas en disperso, en conjunto unas cuatrocientas personas, acudían a la ermita situada en la Casa Lázaro, una de las casas más antiguas de la zona, dependiente de la parroquia de San Nicolás de Requena. Cuatro años más tarde se propuso Los Ruices como ubicación de una parroquia de entrada, lo que hubiera contribuido a fomentar su carácter de lugar central, pero finalmente se escogió como sede de esta a la aldea de Campo Arcís. ((FERMÍN PARDO y SALVADOR CEBOLLA pag. 53)

Según el geógrafo Juan Piqueras, estudioso en profundidad de la zona, el origen de Los Ruices se remonta al siglo XVIII, aunque el poblamiento del área como en tantos otros lugares fuera muy antiguo y como puede avalar el topónimo Los Villarejos de una partida contigua a la aldea. Al parecer en 1765 la familia Ruiz Ramírez era propietaria de una hacienda ubicada en este lugar por lo que el nombre de estos propietarios o pobladores dio origen a la denominación del incipiente caserío. Se trata de un proceso semejante al sucedido en tantas aldeas de Requena-Utiel con antropónimos como topónimos del asentamiento. La ya referida fase de roturación de nuevas tierras, la expansión del viñedo y el proceso de concentración del hábitat disperso en aldeas, fue parejo al acelerado incremento de población. De este modo los 65 habitantes de 1860 eran 113 según el censo de 1887 y su número aumentó hasta alcanzar los 288 en 1950, en su momento de máximo apogeo, cuadruplicándose en un siglo. (PIQUERAS HABA). El posterior proceso de despoblamiento, principalmente consecuencia de la emigración, debido a la desagrarización y la atracción desde los centros socioeconómicos ha reducido la población a unas decenas de personas efectivamente residentes.

Los Ruices se extiende por la suave ladera de tal modo es posible distinguir dos núcleos diferenciados, el principal, al este, Los Ruices en sentido estricto, y otro secundario a unos centenares de metros al noroeste, formado por una decena de casas y con mayor nivel de abandono: el Pinar. El proceso de desarrollo desde el núcleo originario se produjo en torno a los caminos de acceso que confluyen en el lugar, alrededor de una encrucijada. La morfología del caserío muestra este desarrollo radial en torno a los caminos de Utiel, Los Marcos y Caudete hacia el noroeste; de Las Monjas hacia al oeste; de Requena hacia el noreste y en dirección a Casas de Cuadra al sur. En su configuración puede destacarse el eje este-oeste, entre Campo Arcís y Venta del Moro, y el noroeste-sureste, con uno de sus puntos de confluencia en la plaza donde se halla la ermita.

Precisamente aquí en el centro y como singularidad urbanística en un amplio espacio descubierto, aislada sobre una explanada de roca y tierra, destaca la ermita de la Virgen del Milagro, la construcción emblemática de Los Ruices. Muestra su moderna imagen tras la reconstrucción de la década de 1980 sobre la anterior ermita, también reciente puesto que había sido construida en 1943, con la participación de los vecinos. Es una edificación de formas regulares, inspirada en la innovadora arquitectura religiosa de la época, cuyo color blanco contrasta con el verde de los pinos carrascos situados ante su portada.

El caserío experimentó una notable renovación en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, como buena parte de las aldeas comarcales. El mantenimiento de muchas casas habitadas, en comparación con aldeas situadas en áreas de montaña, y las obras de acondicionamiento para segunda residencia, justifican el estado de habitabilidad de muchas de ellas, aunque se observa viviendas deshabitadas. La mayoría de las casas muestra sencillas fachadas en relación con las obras de esa época o adaptaciones también caracterizadas por la sencillez, de modo que pese a la referida renovación la aldea ofrece una imagen bastante armónica. Esta es una característica extensiva a buena parte de las aldeas de la zona. La urbanización de las calles y el mayoritario pintado de las fachadas, difundido en la segunda mitad del siglo XX, contribuye a la imagen regularizada y cuidada del núcleo. Pese a esa renovación aún es posible observar algunas antiguas construcciones con fachadas anteriores a 1950, viejas tapias en anexos e incluso algunos accesos a los lagares que antaño poseían buena parte de las casas. Además una parte de las casas, las más antiguas, de dos alturas, muestran sus fachadas con vanos mayores en planta baja y menores en la alta, en relación con la distribución de usos internos en el pasado.

La relevancia del viñedo local queda patente también en las construcciones ligadas a su elaboración y almacenaje en la actualidad. Destaca la bodega cooperativa, fundada en 1959, en plena etapa de fomento del cooperativismo para la transformación de productos, cuando tantas cooperativas abrieron sus puertas en el altiplano de Requena-Utiel, en la mayor parte de los núcleos habitados de mínima población. La gran bodega, que desde entonces ha experimentado su ampliación y modernización, se halla ante el antiguo camino de Las Monjas y Venta del Moro. Sus modernos depósitos de acero para el vino, como elevadas torres, destacan junto al caserío y sobre los campos, como lo hacen asimismo los de otras instalaciones existentes en la aldea. En la periferia del caserío las bodegas y las naves de usos agrícolas, como las de la maquinaria tan precisa en un área de extensos cultivos, con su diversidad de volúmenes, de cubiertas y de cromatismo son un componente esencial de la imagen del asentamiento. Estas construcciones, muestra de dinamismo agrario, han sustituido a otras ya prácticamente erradicadas como pajares o corrales.

En los alrededores de Los Ruices se hallan algunas viviendas o pequeñas agrupaciones de éstas, una muestra del tradicional hábitat disperso de la zona, como son el deshabitado caserío de Cornudilla, las fincas Casas de Caracol y Casas de Pino Grande, el Molino del Risco, etc. En las proximidades se hallan, al norte La Cornudilla, visible desde los cerros de La Ceja; al noroeste y en el término de Venta del Moro Los Marcos; al oeste la Casa de Carrascal, en alto, junto a la carretera y a menos de tres kilómetros de distancia; al sureste la Casa del Cabildo, al sur Casas de Cuadra y Sisternas, no visibles, al sureste más alejadas Casas de Eufemia y más allá Los Duques y Campo Arcís. Las muy próximas y contiguas entre ellas Casas de Caracol y Casas de Pino Grande, con sus casas, edificios anexos y arbolado muestran la imagen de las construcciones centro de fincas agrarias que tanto abundan en la comarca. Completa las estructuras de hábitat tradicional algunos puntos de aguada, fuentes y pozos aislados muy valorados antaño, como El Pozo, situado a poniente de Los Ruices y a la vista de la carretera. Además se observa diversas modernas construcciones aisladas de uso agrario, como alguna granja, casetas de apero y ahora también casetas de regulación del riego localizado. Es también el caso de algunos tendidos eléctricos que discurren por la zona.

Tanto las casetas ligadas al riego localizado como las más visibles espalderas y tubos de distribución forman parte de la última gran transformación agraria, con repercusión en el paisaje local. Tras la roturación de tierras desarrollada sobretodo hasta el tercer cuarto del siglo XX, tras la evolución en la presencia de los cultivos patente hasta el último cuarto de dicha centuria con su máximo exponente en la expansión del viñedo, en los últimos años se ha añadido la reconversión de éste con la difusión del regadío. En el tránsito entre los siglos XX y XXI se ha difundido el regadío en el área, a partir del aprovechamiento de caudales hipogeos y en su mayor parte por iniciativa pública, en la línea del proceso que se desarrolla en la comarca. Esto ha favorecido la difusión de la red de riego localizado, visible en las casetas y gomas, pero también del cultivo en espaldera, en sustitución de las cepas en vaso, y de nuevas variedades de vid.

Estas transformaciones son, por tanto, patentes en las citadas estructuras dispersas, en algunas variaciones en la red viaria agraria como apertura, rectificación o ensanche de caminos para el tránsito de maquinaria y en la morfología de las plantaciones. De hecho buena parte de la red caminera se caracteriza por su densidad y por la anchura de los caminos, en relación con la intensa actividad agrícola. También son evidentes los cambios, aunque esto no suele tenerse tan presente, incluso en las distintas tonalidades que ofrecen muchas de las variedades alóctonas de vid introducidas. Ahora aquí, como en buena parte de la comarca, el otoño se caracteriza por otras tonalidades y contrastes distintos de los anteriores.

Una placa conmemorativa situada en la fachada de una casa de la parte baja de Los Ruices, en la línea de la más genuina tradición, recuerda la puesta en marcha del regadío por iniciativa pública. En la placa se alude a cierto conocido político valenciano, últimamente de actualidad por la revitalización de la polémica en torno al accidente del metro de Valencia, aunque ya de sobra conocido por muchos tras años de desmanes.

Para acceder a Los Ruices desde Requena por carretera hay dos opciones principales. La primera es salir por la N-222 para desviarse a la derecha por la CV-4501 o Carretera de la Vega, después nuevamente continuar a escasa distancia por la CV-455 en dirección hacia Venta del Moro por Los Ruices. La segunda es también seguir la N-222, en dirección a Casas Ibáñez, hasta alcanzar unos kilómetros al sur el desvío de la CV-460. Por esta carretera local en dirección a Utiel se alcanza el cruce con la CV-455 que por la izquierda se dirige a Venta del Moro por Los Ruices.

El visitante dispone de los servicios más básicos en las aldeas de alrededor, bar y algún comercio, más variados en Campo Arcís, con oferta abundante y variada en el cercano pueblo de Venta del Moro o en Requena.

Para la redacción de este artículo se ha consultado la interesante publicación “Origen de las parroquias centenarias en las aldeas de Requena”, del conocido estudioso Fermín Pardo y de Salvador Cebolla, en este caso a partir de la Memoria sobre la visita a las ermitas enclavadas en el término de la ciudad de Requena, del presbítero José Antonio Díaz de Martínez, un manuscrito de 1860. Esta obra fue editada en 1995 por el Ayuntamiento de Requena, el Centro de Estudios Requenenses y la Junta de Cofradías de Semana Santa.

También se ha consultado el magnífico estudio, todo un referente en materia de análisis geohistórico a escala microespacial y por tanto también de la evolución del paisaje, Expansión vitícola y reparto de la propiedad. Un estudio local: Campo Arcís 1752-2000, del geógrafo Juan Piqueras Haba, publicado en el año 2000 en el número 67/68 de la revista Cuadernos de Geografía, que recomiendo leer. Él, gran conocedor y estudioso de la comarca es el autor de la monografía comarcal Geografía de Requena-Utiel quesiempre es conveniente consultar por quien quiera aproximarse a este territorio.